¿Y por qué arden contenedores?

Un solo contenedor ardiendo escandaliza a toda una sociedad. Todos se ponen de acuerdo, los periódicos hacen su ronda de violentos altercados y todo sigue su curso. Palmaditas en la espalda, hay unos límites que no se pueden pasar, rechazo total y mañana otro día será y pasado todo igual. Políticos prometen luchar contra ese indigno comportamiento, opinadores asienten y todo sigue su curso. Que imagen se da fuera del país, que poca clase, que pensarán, que vándalos, enseguida pierden los estribos. Parece que lo estén esperando y tengan los discursos preparados para autosatisfacerse.

Que visto de otro modo es un contenedor, una expresión de rabia, un grito de protesta que no sirve para nada. No ayuda a las reivindicaciones, porque como hemos quedado, eso está muy mal, y el uso brutal de la violencia, en forma de container ardiendo, es ilegítimo siempre. Paradojas de la opinión de la sociedad, vilmente manejada, en la que una papelera ardiendo es la máxima expresión de la violencia y unánimemente reprochada pero la violencia sistemática de algunas fuerzas de seguridad pasa desapercibida y no ocupa titulares. Cuando quemar un contenedor parece más violento que recortar los derechos de los ciudadanos y legislar en su contra es que realmente algo falla.

Cuando indultos a banqueros, vergonzosos rescates a los bancos, los sueldos de escándalo de sus responsables, el ataque constante al estado del bienestar en forma de recortes, o las insistentes y perseverantes mentiras de la clase política pasan desapercibidas por los medios y la opinión pública mayoritaria, cuando no son percibidas como violencia aunque de hecho lo sean, es que algo muy grave falla. Existe un doble rasero hasta en lo que es y no violencia.

Hay varias formas de entender la política. Por la que a optado la gente, la fácil, la de votar una vez cada cuatro años y desentenderse del asunto, resignarse y convenir, esa de mayoría absoluta y como me han votado hago lo que quiero. Esta, no funciona, comprobado. La alternativa al desprecio de la clase dominante es protestar pacíficamente, manifestarse, crear una unidad de presión para cambiar la cosas a mejor. Vilmente menospreciada por los políticos, todo sea dicho. O son pocos, o hacemos que sean pocos, o no era el momento, o son tiempos difíciles. Cualquier excusa vale para escurrir el bulto.

Para muestra un botón. Se han puesto tercos. Un movimiento totalmente pacífico, más de un año ya, que ha conseguido, no ya nada, sino ser despreciado y atacado por todos los frentes. Además de ahostiado, sin consecuencia alguna para los violentos con uniforme. Dicho mal, se la suda que la gente proteste, porque están muy seguros y van a seguir adelante.

Aparte de no conseguir nada, ni siquiera se ha entrado en el asunto, en las reivindicaciones, en lo que pide y quiere la gente, en lo que tiene que cambiar, o al menos, en lo que es necesario un debate. Se han dado rodeos y más rodeos, desde la legitimidad, al número de personas, a la ropa que visten los que protestan. Pero ni un solo político a afrontado el problema de frente, tal y como se merece. Ni un presidente hablando, ni una valoración de la situación, nada. Desprecio absoluto, ataque dialéctico y tiempo para que la gente se canse, se confunda y pierda fuerza el movimiento.

Y claro, si protestando pacíficamente los resultados han sido cero, la gente se molesta, se desespera, y lo más importante, se cabrea. Y cuando uno no ve esperanza es cuando arden contenedores, pregúntenselo a Grecia. Y van a arder, me temo, y ojalá me equivoque, muchos más.

No sé, confio en que algún día veamos un titular del estilo de: “Un grupo de ciudadanos, hartos de la degradación del estado del bienestar, de la sanidad y educación, así como hastiados por falta de trabajo, imposibilidad de acceder a una vivienda, condiciones de vida en decadencia y una falta de futuro abrumadora, y tras ser reiteradamente y hasta la nausea rechazados, obviados y ninguneados han quemado un contenedor.” Por eso de que se vea la proporcionalidad en el uso de la violencia y de por qué se ha llegado hasta ese extremo.

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