Una pequeña historia

Una vez un profesor me contó una bonita historia que recuerdo con nostalgia, no se si era cierta o no, confío en que si, aunque no he tenido forma de constatar su veracidad.

El caso es, que antiguamente, se jugaba bastante al ajedrez por correspondencia, lo habremos visto alguna vez en alguna película. El método es muy sencillo, se manda una carta con la jugada, y hay que devolver la jugada en un determinado periodo de tiempo, sin más complicaciones. Es una forma de jugar, en la que una partida puede durar varios meses, por lo que hoy esta totalmente obsoleta.

La historia es, que un apacible anciano de un pueblo, reto a dos de los campeones del mundo a que si jugaba contra los dos, por lo menos conseguía un punto entre las dos partidas. Para no obtener ventaja, jugaría una partida con las piezas blancas, y la otra con las negras.

Estamos hablando de por lo menos ganar una partida, contra los dos mejores ajedrecistas del mundo, lo cual, para un pueblerino supuestamente ignorante, era una proeza casi imposible. Sin contar con que las dos partidas se jugarían a la vez, lo cual conlleva si cabe más dificultad, y más desventaja para el hombre.

El anciano se apostó una gran suma de dinero a que conseguía lo pactado, y los dos rivales estuvieron de acuerdo, ya que veían la victoria en sus manos.

Las partidas se jugarían por correspondencia, y muchos diréis, claro, el anciano pudo contratar a muchos otros grandes jugadores, y entre todos intentar vencer a los dos campeones, que dada su superioridad, jugarían sin ayuda. O simplemente podéis pensar que el anciano era un gran jugador retirado, que en su momento fue uno de los mejores ajedrecistas, por lo que seguirá siendo bueno.

No, señores, ni mucho menos.

El caso es, que empezaron a jugar, pasó el tiempo, y como el anciano predijo, al final consiguió hacer la mitad de los puntos, es decir, ganar a uno de los campeones, o hace tablas con los dos.
Los dos campeones de ajedrez tuvieron que rendirse al anciano, y pagar la apuesta.

Impacientes por saber como aquel hombre les había conseguido humillar de tal manera, le preguntaron, y el anciano sinceramente respondió:

– Yo no he hecho nada, vosotros mismos habéis hecho todo por mi.

Los ajedrecistas comprendieron entonces su ignorancia, y aceptaron la derrota y el engaño.

El truco, simplemente, era que el anciano, al jugar contra los dos a la vez, y con distintos colores, mandaba la primera jugada del que jugaba con blancas, a su rival que jugaba con negras, y la contestación de este, se la reenviaba al primero.
Así por lo menos se aseguraba la mitad de los puntos, tal y como había prometido.

La moraleja la pueden sacar ustedes mismo, yo simplemente me quedo con la anécdota y una pequeña reflexión, que viene muy bien para los tiempos que estamos viviendo ahora.

Como ya he dicho, no puedo, ni siquiera quiero comprobar si esta historia es verdad o no, prefiero tenerla en mi mente como un simple cuento, que pudo o no ser verdad.

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