Las armas no tienen la culpa

Claro está, las armas no tienen la culpa. Las armas no matan a nadie. Si acaso el dilema es si en realidad mata la bala que atraviesa a la persona, o el que aprieta el gatillo. La bala, quita la vida, pero como objeto inanimado y exento de emociones no le podemos hacer cargar con ninguna culpa.

Podemos culpar a quien fabricó la bala, que es el que ha materializado el asesinato, dándole esa forma con el borde redondeado para herir más y mejor. O a quien ha fabricado el arma. Ahora el problema es si la bala y el arma no las ha fabricado el mismo. ¿Se reparte la culpa? O acaso puede ser quien diseño el arma, que seguro que lo hizo con el único objetivo de matar. No creo que la diseñara para adornar salones de fanáticos. Aunque igual la diseñó con el objetivo de matar a los malos, para que la portaran los buenos en nombre de la libertad y la democracia, entonces no solamente no tiene la culpa sino que debemos darle las gracias.

Volviendo atrás, igual la culpa la tiene el dueño de la fábrica, que no le importa lo que seguro será el destino de las armas. Pero este, como el obrero que da forma a la bala y afina la puntería de la mirilla, solo lo hacen porque en algo hay que trabajar, y si no lo haría él lo haría otro, y alguien tiene que llevar la comida al plato de la cena de sus pobres hijos. Entonces el dueño de la fábrica solo responde a unos intereses que vienen de los accionistas, y todos estos, en conjunto, están tan alejados del asesinato en sí, del lugar donde suceden los hechos, que faltaría más, no tienen la culpa. No hay lazo empático posible entre un arma que sirve para matar y la muerte de alguien.

Si eso la culpa puede que la tenga el sistema, que obliga al obrero a comer, al dueño de la fábrica a ganar dinero y a los accionistas a comprarse un yate. Que frusta y margina durante toda su vida al que ha hecho la matanza. O la culpa es de la publicidad que obliga a unos y otros a tener cosas que no necesitan, a querer ser quienes no son y parecer lo que nunca serán. Al final, y volviendo al principio, la culpa es de todos, de unos y otros, que confunden tanto a toda la cadena productiva de la industria armamentística como al loco que empuña un arma, bien sea loco oficial o loco con uniforme y chaleco antibalas.

La culpa no es de los gobiernos que permiten y fomentan tal industria, se ven obligados por los intereses nacionales. Igual la culpa es del petróleo por estar en los países donde no debe estar. Aunque finalmente sea el caso que la culpa la tienen las leyes o la moral del ser humano, que prohíben el asesinato,  cargándolo de la erótica de lo incorrecto.

No encontrando culpable claro todavía, la culpa probablemente sea del muerto, por estar allí y cruzarse con la bala, o del niño por pisar dónde no debía y merendarse una mina.

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