La locura de la guerra
Acostumbrado estamos. Aunque no deberíamos estarlo, uno se termina acostumbrando a la sangre, más si quiere seguir viviendo, al menos con un poco de normalidad. Además nos ayudan, las guerras ahora son asépticas, solo mueren los que tienen que morir, los malos, ni uno más. Ni uno menos.
Y estamos muy ocupados, y lo vemos en la televisión todos los días, incluso jugamos a vídeojuegos y sentimos como nos salpica la sangre. Como para no acostumbrarse a la muerte en el campo de batalla.
Y con todo, las guerras ahora son lejos, es algo que no nos preocupa, no nos atañe. Y si las hay, mandamos a los hijos de los demás, a luchar, a morir ¿por qué?. Que más dará. Las guerras siempre son políticas, no tienen otra razón, y jamás han tenido otra. No son ni por raza, ni por credo, ni siquiera por acabar con la barbarie o por llevar la democracia. Solo son políticas, y económicas.
Ahora las guerras son profesionales, con gente preparada para matar, radares, gps y misiles con un margen de error milímetros. Los únicos desarrapados son los que se defienden, pero eso nos da igual. Son solo desarrapados, pobres que no interesan a nadie.
Coge por un momento, un fusil, y métete en una trinchera. No tienes ni visor láser, ni equipamiento de última generación, ni apoyo aéreo, ni Dios que lo ha visto. Solo frío. El mismo frío que debe helarte hasta los mismos huevos. Sí, los huevos. Barro, sangre, gente herida, hambre, miseria y humedad. Y balas silbando, tentando curiosas el aire intentando encontrarte. Intentando matarte. Solo miedo. Y muertos.
Enfrente unos tíos que no te conocen, pero te disparan a matar. A intentar matarte, a ti, que no has hecho nada. El miedo debe andar a la par que el frío. Tienes que estar, como poco, acojonado. Y mientras alguien está fumando puros en algún otro lado, hablando y discutiendo de eficiencia, logística y estrategia política y militar. Y tu ahí enmierdado hasta el cuello, volviéndote loco. Por nada.
No había pensado nunca en la guerra como lo hice al leer Viaje al fin de la noche, novela semi autobiográfica de
Celine. Probablemente sean las mejores 200 primeras páginas de un libro que he leído jamás. Empieza, tan contento, alistándose por un voluntarioso azar en el ejercito, para ser un patriota, para defender a su país, sin quererlo, en eso que llaman guerra. Locura de juventud. A partir de ahí narra su experiencia en la primera guerra mundial, y de manera trágica, el absurdo de gente matándose sin saber muy bien por qué.
Acaba yendo a entregarse, prefiriendo ser cogido por los alemanes que seguir matando gente. O terminar consiguiendo que lo matarán a él. Todo un perfecto cobarde (o no), que no sabe ni por qué ni cómo ni qué hace ahí. Me recuerda al a famosa frase en Anny Hall de Woody Allen.
“No me aceptaron en el ejército, fui declarado inutilísimo. Sí, en caso de guerra sólo podría ser prisionero.”
Y otra parecida en el libro del que hablo:
“Eso no impidió que se lo llevaran una noche a toda prisa a los bastiones, a aquel pensador, lo que demuestra que aún servía para ser fusilado”
Sin más os dejo con algunos apuntes del libro, la mayoría de sus reflexiones en el frente o en la batalla, a ver si os pica y lo leeís.
“Estamos abajo, en las bodegas, echando el bofe, con una peste y los cataplines chorreando sudor, ¡ya ves! Arriba, en el puente, al fresco, están los amos, tan campantes, con bellas mujeres, rosadas y bañadas de perfume, en las rodillas. Nos hacen subir al puente. Entonces se ponen sus chisteras y nos echan un discurso, a berridos, así: “Hatajo de granujas, ¡es la guerra! —nos dicen—. Vamos a abordarlos, a esos cabrones de la patria n.° 2, ¡y les vamos a reventar la sesera! ¡Venga! ¡Venga! ¡A bordo hay todo lo necesario! ¡Todos a coro! Pero antes quiero veros gritar bien: ‘¡Viva la patria n.° 1!’ ¡Que se os oiga de lejos! El que grite más fuerte, ¡recibirá la medalla y la peladilla del Niño Jesús! ¡Hostias! Y los que no quieran diñarla en el mar, pueden ir a palmar en tierra, ¡donde se tarda aún menos que aquí!”
“Entonces, ¡el coronel era un monstruo! Ahora ya estaba yo seguro, peor que un perro, ¡no se imaginaba su fin! Al mismo tiempo, se me ocurrió que debía de haber muchos como él en nuestro ejército, tan valientes, y otros tantos sin duda en el ejército de enfrente. ¡A saber cuántos! ¿Uno, dos, varios millones, tal vez, en total? Entonces mi canguelo se volvió pánico. Con seres semejantes, aquella imbecilidad infernal podía continuar indefinidamente… ¿Por qué habrían de detenerse? Nunca me había parecido tan implacable la sentencia de los hombres y las cosas. Pensé —¡presa del espanto!—: ¿seré, pues, el único cobarde de la tierra?… ¿Perdido entre dos millones de locos heroicos, furiosos y armados hasta los dientes? Con cascos, sin cascos, sin caballos, en motos, dando alaridos, en autos, pitando, tirando, conspirando, volando, de rodillas, cavando, escabulléndose, caracoleando por los senderos, lanzando detonaciones, ocultos en la tierra como en una celda de manicomio, para destruirlo todo, Alemania, Francia y los continentes, todo lo que respira, destruir, más rabiosos que los perros, adorando su rabia (cosa que no hacen los perros), cien, mil veces más rabiosos que mil perros, ¡y mucho más perversos! ¡Estábamos frescos! La verdad era, ahora me daba cuenta, que me había metido en una cruzada apocalíptica.”
“Somos vírgenes del horror, igual que del placer.”
“Conque, ¿no había error? Eso de dispararnos, así, sin vernos siquiera, ¡no estaba prohibido! Era una de las cosas que se podían hacer sin merecer un broncazo. Estaba reconocido incluso, alentado seguramente por la gente seria, ¡como la lotería, los esponsales, la caza de montería!… Sin objeción.”
“Hay muchas formas de estar condenado a muerte. ¡Ah, qué no habría dado, cretino de mí, en aquel momento por estar en la cárcel en lugar de allí! Por haber robado, previsor, algo, por ejemplo, cuando era tan fácil, en algún sitio, cuando aún estaba a tiempo. ¡No piensa uno en nada! De la cárcel sales vivo; de la guerra, no. Todo lo demás son palabras.”
“Era un niño entonces y aquella cárcel me daba miedo. Es que aún no conocía a los hombres. No volveré a creer nunca lo que dicen, lo que piensan. De los hombres, y de ellos sólo, es de quien hay que tener miedo, siempre.”
“Resultaba difícil llegar a lo esencial, aun en relación con la guerra, la fantasía resiste mucho tiempo. Los gatos demasiado amenazados por el fuego acaban por fuerza yendo a arrojarse al agua.”
“En ese oficio de dejarse matar, no hay que ser exigente, hay que hacer como si la vida siguiera, eso es lo más duro, esa mentira.”
“Los caballos tienen mucha suerte, pues, aunque sufren también la guerra, como nosotros, nadie les pide que la subscriban, que aparenten creer en ella. ¡Desdichados, pero libres, caballos! Por desgracia, el entusiasmo, tan zalamero, ¡es sólo para nosotros!”
“«Estoy harto —repetía—. Me voy a dejar coger por los boches.»
No ocultaba nada.
«¿Y cómo vas a hacer?»
De repente, me interesaba, su proyecto, más que nada.
¿Cómo iba a arreglárselas para conseguir que lo apresaran?
«Aún no lo sé…»
«¿Cómo has conseguido largarte?… ¡No es fácil dejarse coger!»
«Me importa un bledo, iré a entregarme.»
«Entonces, ¿tienes miedo?»
«Tengo miedo y, además, esto me parece cosa de locos, si quieres que te diga la verdad. Me tienen sin cuidado los alemanes, no me han hecho nada…»
«Cállate —le dije—, tal vez nos oigan…»
Yo sentía como un deseo de ser cortés con los alemanes.”
“Como seguíamos sin encontrar por el camino a alguien que quisiera hacernos prisioneros, acabamos sentándonos en un banco de una placita y nos comimos la lata de atún que Robinson Léon paseaba y calentaba en el bolsillo desde la mañana. Muy lejos, se oía el cañón ahora, pero muy lejos, la verdad. ¡Si hubieran podido quedarse cada cual por su lado, los enemigos, y dejarnos tranquilos!”
“Entonces caí enfermo, febril, enloquecido, según explicaron en el hospital, por el miedo. Era posible. Lo mejor que puedes hacer, verdad, cuando estás en este mundo, es salir de él. Loco o no, con miedo o sin él. Se habló mucho del caso. Unos dijeron: «Ese muchacho es un anarquista, conque vamos a fusilarlo, es el momento, y rápido, sin vacilar ni dar largas al asunto, ¡que estamos en guerra!…» Pero según otros, más pacientes, era un simple sifilítico y loco sincero y, en consecuencia, querían que me encerraran hasta que llegase la paz o al menos por unos meses, porque ellos, los cuerdos, que no habían perdido la razón, según decían, querían cuidarme y, mientras, ellos harían la guerra solos. Eso demuestra que, para que te consideren razonable, nada mejor que tener una cara muy dura. Cuando tienes la cara bien dura, es bastante, entonces casi todo te está permitido, absolutamente todo, tienes a la mayoría de tu parte y la mayoría es quien decreta lo que es locura y lo que no lo es.”
“¿Estaba loco de verdad? Cuando llega el momento del mundo al revés y preguntar por qué te asesinan es estar loco, resulta evidente que no hace falta gran cosa para que te tomen por loco. Hace falta que cuele, claro está, pero, cuando de lo que se trata es de evitar el gran descuartizamiento, algunos cerebros hacen esfuerzos de imaginación magníficos. Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres.”
“¡Oh! Pero entonces ¡eres un cobarde de aúpa, Ferdinand! Eres repugnante como una rata…» «Sí, de lo más cobarde, Lola, rechazo la guerra por entero y todo lo que entraña… Yo no la deploro… Ni me resigno… Ni lloriqueo por ella… La rechazo de plano, con todos los hombres que encierra, no quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque sean noventa y cinco millones y yo sólo uno, ellos son los que se equivocan, Lola, y yo quien tiene razón, porque yo soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir nunca.» «Pero, ¡no se puede rechazar la guerra, Ferdinand! Los únicos que rechazan la guerra son los locos y los cobardes, cuando su patria está en peligro…» «Entonces, ¡que vivan los locos y los cobardes! O, mejor, ¡que sobrevivan! ¿Recuerdas, por ejemplo, un solo nombre, Lola, de uno de los soldados muertos durante la guerra de los Cien Años?… ¿Has intentado alguna vez conocer uno solo de esos nombres?… No, ¿verdad?… ¿Nunca lo has intentado? Te resultan tan anónimos, indiferentes y más desconocidos que el último átomo de este pisapapeles que tienes delante, que tu caca matinal… ¡Ya ves, pues, que murieron para nada, Lola! ¡Absolutamente para nada, aquellos cretinos! ¡Te lo aseguro! ¡Está demostrado! Lo único que cuenta es la vida. Te apuesto lo que quieras a que dentro de diez mil años esta guerra, por importante que nos parezca ahora, estará por completo olvidada… Una docena apenas de eruditos se pelearán aún, por aquí y por allá, en relación con ella y con las fechas de las principales hecatombes que la ilustraron… Es lo único memorable que los hombres han conseguido encontrar unos en relación con los otros a siglos, años e incluso horas de distancia… No creo en el porvenir, Lola…”
“Estaba claro, le resultaba imposible reconocer que un condenado a muerte no hubiera recibido al mismo tiempo vocación para ello.”
“La locura de las matanzas ha de ser extraordinariamente imperiosa, ¡para que se pongan a perdonar el robo de una lata de conservas! ¿Qué digo, perdonar? ¡Olvidar! Desde luego, tenemos la costumbre de admirar todos los días a bandidos colosales, cuya opulencia venera con nosotros el mundo entero, pese a que su existencia resulta ser, si se la examina con un poco más de detalle, un largo crimen renovado todos los días, pero esa gente goza de gloria, honores y poder, sus crímenes están consagrados por las leyes, mientras que, por lejos que nos remontemos en la Historia —y ya sabe que a mí me pagan para conocerla—, todo nos demuestra que un hurto venial, y sobre todo de alimentos mezquinos, tales como mendrugos, jamón o queso, granjea sin falta a su autor el oprobio explícito, los rechazos categóricos de la comunidad, los castigos mayores, el deshonor automático y la vergüenza inexpiable, y eso por dos razones: en primer lugar porque el autor de esos delitos es, por lo general, un pobre y ese estado entraña en sí una indignidad capital y, en segundo lugar, porque el acto significa una especie de rechazo tácito hacia la comunidad. El robo del pobre se convierte en un malicioso desquite individual, ¿me comprende?… ¿Adonde iríamos a parar? Por eso, la represión de los hurtos de poca importancia se ejerce, fíjese bien, en todos los climas, con un rigor extremo, no sólo como medio de defensa social, sino también, y sobre todo, como recomendación severa a todos los desgraciados para que se mantengan en su sitio y en su casta, tranquilos, contentos y resignados a diñarla por los siglos de los siglos de miseria y de hambre…”
“Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, infelices, baqueteados por la vida, desollados, siempre empapados en sudor, os aviso, cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón… Es la señal… Infalible. Por el afecto empiezan.”
“Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla, por la indiferencia absoluta de sus semejantes en tiempo de paz o por la pasión homicida de los mismos llegada la guerra.”
“Mientras no mate, el militar es como un niño. Resulta fácil divertirlo. Como no está acostumbrado a pensar, en cuanto le hablas, se ve obligado, para intentar comprenderte, a hacer esfuerzos extenuantes. El capitán Frémizon no me mataba, no estaba bebiendo tampoco, no hacía nada con las manos, ni con los pies, tan sólo intentaba pensar. Eso era superior a sus posibilidades. En el fondo, yo lo tenía sujeto de la cabeza.”
Punto y aparte, sobre Céline ha habido muchísima controversía, sobre todo por varios panfletos suyos profundamente antisemitas, por si alguien viene con el cuento. De hecho este año, 50 aniversario de su muerte, le negarón los homenajes que merecía en Francia. Deberiamos tocar su obra, la moral de los escritores y artistas la dejamos a un lado. Será por escritores deleznables. “Céline es un excelente escritor, pero un perfecto cabrón”, dijo el alcalde de París, Bertrand Delanoë, poco antes de sus no-homenajes. Díficil definirlo mejor. No está reñido con su obra, y menos con sus viajes por la noche y la muerte.
Y estás , aunque no vienen al tema de la guerra, de regalo.
“En el periodo más rabioso de la historia de Francia, puedo enorgullecerme de haber logrado al menos la unanimidad de los franceses en un punto: mi asesinato”
“Ni siquiera para pensar en la muerte servimos”
“El dolor se exhibe, minetras que el placer y la necesidad dan vergüenza”
“Es pecado, quieras o no, ser putero y pobre.”
Espero que os guste, por lo menos, la mitad que a mí.
Un saludo

