Come mierda
Pocas veces he entrado a un burguer o similar. Esas frases como, ¡ey tío!, ¿dónde cenamos?, acaban siempre en un “restaurante” de comida rápida, con una hamburguesa todo grasienta, unas patatas, que se parecen a las patatas como lo que llevan las aceitunas rellenas de anchoa a la anchoa, un refresco extra gigante ya aguado de por si y con abundante hielo, para que no sepas si estas bebiendo coca cola u orina del tío Sam.
Prefiero comer lentejas directamente del retrete del baño de un yonki.
No pienso volver.
En ocasiones, paso enfrente de un McDonald’s, a las seis o siete de la tarde, entre semana. Iba a decir llenito, pero no, casi lleno. Que mejor merienda nutritiva para un niño que un “trozo de carne” con bien de ketchup. Entonces es cuando me echo al suelo a llorar.
A mi nunca me hizo falta, que un puto payaso, que por cierto, da más miedo que el payaso de it, me dijese lo que tengo que comer. Y menos, nunca necesité que me regalasen un muñeco de la peli de moda para comerme el bocadillo que me hacía mi madre. Supongo que es más fácil decir, venga niños, al McDonald’s. Dejarlos en el mini-parque ese para que se peguen y se escupan, mientras, cigarro en boca, despotrican del mundo, de la puta de la vecina, de la mierda de hipoteca que les ahoga, y de que a su marido le gusta más el fútbol y follarse a jovencitas, que aguantarlas a ellas y a sus hijos.
Y mientras, el niño, todo gordo. El sobrepeso es una enfermedad, pero mental, y de las madres y padres. Y se educa, como todo.
Tampoco he necesitado nunca que mi carnicero saliese por la tele, diciendo que su carne esta elaborada por no sé quien, y mi panadero nunca me ha tenido que justificar que su harina no lleva trigo transgénico del barato. Nunca se han tenido que lavar la cara, porque cuando un alimento es malo, se ve. No me tiene que venir la asociación de nosequé de ningún lado, para decirme que esas hamburguesas que son todos los restos de la carne que nadie quiere, es de una calidad excelente, casi solomillo, claro.
Tampoco he tenido que echarle ketchup a los filetes que como normalmente para tapar su sabor. ¿Han probado a extraer lo que viene siendo el trozo de carne de esas hamburguesas, y probarlo solo?
Solo me hace falta entrar a un “restaurante” de este tipo y mirar un poco a mi alrededor. Igual que cuando entro a una discoteca, no tienen que poner un cartel insistiendo que en su establecimiento no se consume droga, se ve, es inútil, no te esfuerces. Entrar y observar. Me podría hacer un bocadillo de grasa rascando de las paredes y de la frente del encargado.
O ver por qué comemos en cadenas que vienen de, bingo, EE.UU, tachan! El país con más obesos del mundo.
Sentarse a comer siempre ha sido algo más, que llevarse cualquier pedazo de mierda a la boca mientras caminas entre gente para llegar al trabajo. Como el café, en vaso de plástico. Solo le falta la pajita ya para ir al tipo y decirle, perdón, pero eres tonto.
Tiene que ser triste no poder parar minuto y medio, tranquilamente, untar la magdalena en el café, y ya, si eso, ir al curro, a cagarte en lo triste que es tu vida y el asco que da el jefe.
Ya me da igual que la comida sea de pésima calidad, más perjudicial que la droga y grasienta, es el apelativo “fast food” y toda la cultura (de mierda) que conlleva.
Yo por mi parte, prefiero pagar 10 euros y comer cualquier cosa hecha en la tasca más inmunda y oscura mientras el cocinero se mete el dedo en la nariz después de rascarse los huevos, para acto seguido probar que tal esta de sal el cocido, que, tan ricamente, me voy a comer.
Creo que es un fallo de concepto, o igual es que soy un sibarita, y mis papilas gustativas son muy esplendidas ellas y no quieren comer basura refrita en aceite de hace tres meses y medio. Incluso a veces soy tan raro, que quiero diferenciar si estoy comiendo ternera, pollo, o cerdo.
Comer sano no es tan difícil. Además, el concepto de que estos sitios son más baratos y rápidos, me cuesta creerlo. En cualquier bareto te sirven unos bocadillos de lomo por cuatro pavos, que tumbarían a cualquier camionero.
Tampoco entraré en como pagan/tratan a los empleados. Precariedad laboral es una palabra optimista.
Ni tampoco en la extraña paradoja que se presenta en mi cabeza, entre la cultura del fast food, y la cultura del culto al cuerpo, de la importancia de la extrema belleza. Cosas incompatibles, desde mi punto de vista, pero que cuajan tan bien por separado. Podemos gastarnos el dinero engordando como cerdas y a la salida del restaurante pasar por el centro de dietética, para que nos den algo para nuestro sobrepeso de origen incierto.
Una vez comí en un burguer, y algunas otras he probado la “comida” por curiosidad, a ver si me equivocaba, y realmente sabía rico. Mucha gente aún se sorprende de que no me guste comer ahí, incluso me han llegado a preguntar si es por creencias religiosas.
Y siempre contesto, que es por no sentirme gilipollas, cuestión de orgullo, quizás. Para mí, comer en un sitio de estos, significa algo más que cenar rápido y barato.
Mientras tanto, comed mierda.
“Yo con el asunto del papeo,
ahora me doy cuenta
porque somos tan feos.
Que tenga buena cara
es lo que importa
Anuncio con maciza y asunto terminao.
Este es un producto natural,
colorante autorizado, azúcar refinado.
Ésto está envasado al vacío,
y tiene la fecha de caducidad.
Ya lo ves. Ya lo ves.
Controlamos tu seguridad
Si la espichas y te enterramos
enterrador con guantes higienizados.
Ya lo ves. Ya lo ves.
Controlamos tu seguridad.
Si la espichas te enterarás de las ventajas
del control de sanidad.
Come mierda vitaminada.
Come mierda concentrada.
Come mierda deliciosa.
Come mierda y pagala.
Ya lo ves. Ya lo ves.
Controlamos tu seguridad.
Come mierda con proteínas,
es el papeo del futuro.
Come mierda.”
Canción de La Polla, “Come mierda”

